El mayor problema es que soy vago y muy inconstante. Y el problema con la inconstancia es que logra disolver con suma facilidad la ilusión que hizo nacer proyectos que, en su momento, parecían muy prometedores. Recupero aquí un texto-artículo del olvidado blog catARTsis, cuyos contenidos (simple publicidad-autobombo) regresan a este sitio muy a mi pesar. Para ignorarlos, simplemente hagan uso de su sentido común y del bendito scroll.

Cuando decides empezar a escribir críticas, el siguiente paso es invertir en una armadura de kevlar.

Una crítica es algo tremendamente injusto. Sea buena o no. Sea mayoritariamente compartida por el público, o todo lo contrario. Toda crítica es injusta. Tan injusta como un examen que el profesor corrige sin tener en cuenta las horas de estudio invertidas por el alumno, los lápices y rotuladores gastados en resúmenes y subrayados, las hojas arrojadas con frustración a la papelera o la fuerza de voluntad del estudiante para no sustituir el trabajo por el parchís, la Wii o la novia.

En ambos casos sólo se juzga el resultado final, sin tener en cuenta nada más. Ni el dinero invertido, ni las noches en vela del equipo de guionistas adaptándose a cambios de última hora, ni las carreras de la gente de catering para conseguir proveedores más baratos, ni los viajes de los ayudantes de producción a diversas citas bajo la lluvia en una ciudad infestada de gente y sin demasiados taxis. Nada de eso cuenta.

Lo único que tiene cierto peso es la opinión de un señor sentado ante una pantalla, y al que la gente del cine goza representando como alguien con gafitas, sobrepeso, calvicie incipiente, amargura crónica y cara de haber dormido mal los últimos diez años debido a continuas trifulcas con su pareja, extrañamente parecida a él mismo. Es la pequeña venganza que puede permitirse el artista ante alguien que supuestamente no goza de su imaginación.

Como escritor de casi cuatro centenares de diatribas, también tengo que destacar que la existencia del desdichado crítico no es un camino de rosas. No puedo imaginar el frío encuentro en un pasillo solitario entre el pobre escritor de revista de tirada nacional, que firma con su nombre y no con un apodo (¡ingenuo!) y con su credencial sujetada con un clip a una camisa de franela, y uno de esos temperamentales cineastas que lanzan teléfonos móviles y lo que pillan a mano contra cualquier objetivo que se ponga a tiro. El enfrentamiento físico es algo para lo que un crítico medio no está preparado.

Desafortunadamente la batalla en este mundo de bits adquiere una dimensión mucho más popular. Ya no hay que enfrentarse a la puntería de un productor cabreado, sino al exceso de tiempo libre y ganas de sangre de miles de visitantes. Los comentarios de una crítica son a menudo una sabana digital en la que el crítico carroñero se ve asaltada (y sorprendido) por multitud de pequeñas hienas con hambre de gloria y ganas de marcha. La cobertura del anonimato provoca estas reacciones en ciertas personas.

Exajero. A menudo encuentro en las críticas comentarios razonados, razonables y que, aunque difieren de lo expuesto por mí -algo de lo más normal al no estar este servidor vuestro en posesión de una verdad única-, están tan absolutamente bien planteados que deberían sustituir el texto del post. Gracias a estas opiniones uno cree que TODO espectador es un individuo sensible, inteligente y formado que se involucra directamente en el proceso cinematográfico. Y que Japón dejara de cazar ballenas.

Porque por desgracia a este tipo moderado, tranquilo y amistoso es una minoría tan rodeada de insultos, amenazas de muerte, exposiciones de lo absurdo y gritos de “¡muerte!, ¡muerte!” como el general Custer. ¿Hasta qué punto alguien se identifica con un actor, director, producto como para sentirse personalmente atacado con una crítica? ¿Nadie del gobierno invierte en este tipo de estudios?

Pero entre todas estas réplicas, escupitajos y paquetes bomba, hay una especialmente molesta: “Pues a mí me entretuvo”. “Yo me lo pasé teta” ” Mi amigo Jaimito se divirtió mucho. Mucho, mucho”. ¿Y a mí qué?

El entretenimiento es el factor más subjetivo que se puede encontrar y es difícilmente mesurable. Hay gente que se entretiene haciendo castillos de naipes, tirando de aviones con la fuerza de sus bigotes, inventando saltadores para ir al supermercado o trabajando para la NASA. Sin ir más lejos, camina un rato por tu ciudad y acóplate a la primera multitud contemplativa que veas y conviértete en partícipe de su entretenimiento. Y te darás cuenta que observan una obra, la poda de unos árboles especialmente altos o a gente subida a un andamio, como si fuera el mayor espectáculo del mundo.

Written by PGP
Pablo ha publicado algún relato, participado en varios blogs y escrito unos cuantos guiones. En KTarsis se ocupa de analizar los últimos estrenos de la pequeña y gran pantalla.