Casey Affleck ha admitido lo que todos ya sabíamos desde que se anunció el lanzamiento de I’m Still Here. Que todo esto es un montaje, falso como un euro de madera y que todo ha sido un experimento preparado por él mismo y por su cuñado, el señor Joaquin Phoenix. Su trabajo deslumbró en Venecia donde a pesar de no entrar en concurso, se ganó las aclamaciones de la crítica que la situaban como una de las mejores obras del año y como una de las que dará que hablar en las quinielas de futuros e importantes premios que aún están por venir. ¿No sería ya rizar el rizo que esta crítica a la fragilidad de la fama terminara con un Phoenix recogiendo el Oscar por su trabajo? Y es que si algo deja claro este documental y el consecuente mea culpa entonado por Affleck, es que Phoenix es un actor extraordinario. Uno capaz de asumir el papel más difícil de su carrera e interpretarlo veinticuatro horas al día durante meses, exponiéndose sin miedo a la presión social, a la parodia, a la humillación planetaria. Phoenix puso su talento al servicio de su autodestrucción pública y, paradójicamente, su brillante interpretación no lograba otra cosa que mancillar con mayor efectividad su nombre, su pasado, su trabajo y su propia identidad. Phoenix, haciendo honor a su apellido, resurge ahora de las cenizas dispuesto a recoger los frutos de su salvaje esfuerzo. En la imagen ya aparece en plena forma, liberado de su alter ego y listo para promocionar el que es sin duda el trabajo de su vida. Se ha ido el personaje atípico, irrisorio y huraño. Ha vuelto el actor y para quedarse.

Written by PGP Gurez
Pablo ha publicado algún relato, participado en varios blogs y escrito unos cuantos guiones. En KTarsis se ocupa de analizar los últimos estrenos de la pequeña y gran pantalla.