TRUE BLOOD (SANGRE FRESCA, HBO, Serie, Tercera Temporada de 12 Capítulos con Anna Paquin, Stephen Moyer, Alexander Skarsgard, Sam Trammell, Ryan Kwanten, Rutina Wesley, Nelsan Ellis, Deboraj Ann Woll, Kristin Bauer, Chris Bauer, Carrie Preston, Jim Parrack, Todd Lowe, Jon Manganiello, Evan Rachel Wood, Denis O’Hare. Creada por Alan Ball.)

Sookie busca desesperadamente a Bill después de su misteriosa desaparición. Seguir el rastro del vampiro llevará a la telépata de Bon Temps a dar con una nueva raza de extrañas criaturas y con un peculiar monarca vampiro con una visión muy particular de las relaciones de su especie con los humanos. Al mismo tiempo Eric trama nuevas maniobras para hacerse con Sookie, Tara intenta superar su pérdida al lado de un nuevo amante, Jason atraviesa por un peculiar trauma que le llevará a plantearse su futuro profesional, Hoyt y Jessica tratan de seguir adelante con su relación y Sam investiga en su propio pasado para encontrar a su familia biológica, lo que le traerá no pocos problemas.

La verdad es que poco más hay que decir de True Blood que no se haya dicho ya. Quienes la seguimos ya sabemos exactamente de qué va, qué es, qué vende, qué esconde y adónde nos lleva. Siendo claros, todos aceptamos que True Blood es una serie mala como el demonio, pero nos encanta. De hecho nos gusta hasta cierto punto que es normal cuestionarse sobre qué falló en nuestra formación como personas adultas responsables para estar tan enganchados con esta trampa mortal para la lógica y el buen gusto. True Blood es una serie asquerosa, repugnante y pegajosa de tanto fluido derramado en cada capítulo, sea lágrima, semen, sangre o vómito, y de tanto desgarro provocado sin piedad a nuestro frágil cerebro. True Blood tiene truco, y lo sabemos. Es repulsiva, y lo sabemos. Es ilógica y excesiva y casposa, y lo sabemos. Lo sabemos, pero aún así ahí estamos, plantados ante la televisión pidiendo más y más y sintiendo que todo lo que se nos da nos sabe a poco, en una dolorosa gula catódica que dura ya tres veranos.

Es Septiembre y una vez más, ya la tercera, sentimos que True Blood ha vertido en nosotros todos sus deshechos y que no nos ha sabido a nada. O tal vez sí, al irresistible sabor de la basura destilada y servida en cristal de Bohemia. Pero el caso es que a pesar del banquete, como ocurre cada temporada, seguimos con hambre de sangre fresca. Un verano más Alan Ball nos ha vuelto a colar la enésima tensión sexual entre el trío Eric-Sookie-Bill, el enésimo trauma de la repulsiva Tara, la enésima tontuna de Jason, el enésimo bicho sobrenatural que surge de la nada, el enésimo villano brillante, excesivo, soberbio y pasadísimo de vueltas, el enésimo giro argumental sin consistencia alguna. True Blood desde luego sabe lo que es tan bien como nosotros. Sabe que con un chinado como Russell Edginton puede salvar la papeleta de una temporada entera. Sabe que de ella esperamos siempre lo impensable, aunque venga por el camino de la marranada, la grosería y la provocación. Sabe que con un mordisco, un polvo, un grito y un disparo nos tiene ya babeando. Sabe lo que vende y sabe el motivo por el que se lo compramos, pobres yonquis de placer culpable. El gran talento de True Blood, de su equipo de genios malignos, es reconocer su pútrida naturaleza y explotarla en consecuencia. True Blood no es buena. True Blood no te ama. True Blood sólo te quiere para hacerte cosas malas y que te guste.

 

Written by PGP Gurez
Pablo ha publicado algún relato, participado en varios blogs y escrito unos cuantos guiones. En KTarsis se ocupa de analizar los últimos estrenos de la pequeña y gran pantalla.