Durante una misión, el “blade runner” conocido como K realiza un importante descubrimiento que le lleva a cuestionarse su propia identidad.


Denis Villeneuve suma a las virtudes mostradas en su sobresaliente carrera un innegable sentido común. Consciente del desafío al que se enfrenta continuando una obra maestra, el director renuncia a imponer una visión propia y guía su secuela hacia el homenaje.

Blade Runner 2049 se cuestiona sobre la importancia de la memoria en la composición de la identidad, habla de la búsqueda de una divinidad imposible a través de la creación de vida, versa sobre los mundanos mecanismos que activan las emociones más puras, sobre la soledad y la alienación que deriva del progreso. Ofrece, incluso, una narración coherente que se permite prescindir de conceptos que le permitirían ampliar su universo.

Lo hace porque la mirada de Villeneuve está anclada en el pasado de Blade Runner, no en su futuro. Su obsesión no se encuentra en la narrativa, sino en capturar la belleza del clásico sin temor a excederse en su manierismo, en componer escenas de estética cautivadora aunque se arrastren con cadencia agotadora. Si el relato flaquea es porque su celo recreacionista tiene como único objetivo la culminación de un exquisito homenaje plástico a una obra inmortal. Un cautivador cuadro en movimiento que busca nublar la mente y capturar los sentidos hasta convencernos de que jamás dejamos de vivir sueños eléctricos.


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Written by PGP Gurez
Pablo ha publicado algún relato, participado en varios blogs y escrito unos cuantos guiones. En KTarsis se ocupa de analizar los últimos estrenos de la pequeña y gran pantalla.