El funeral de Stalin se convierte en un campo de batalla político donde los hombres fuertes de la Unión Soviética luchan por ocupar el lugar del líder.


Armando Iannucci postula que el político, independientemente de la importancia de su cargo, es sólo un ser humano. Y no uno cualquiera. Uno especialmente despreciable. Tan rastrero y abominable que merece ser despojado por completo de su solemnidad y arrojado a la mierda, como si esta fuera su hábitat natural, el hediondo barro primigenio del que fue creado.

En La Muerte de Stalin el estilo del cineasta es particularmente efectivo. La parafernalia monumental dedicada al ensalzamiento de la figura del líder, le hace más vulnerable a la parodia. Iannucci huele la sangre, muerde con fuerza y no suelta a su presa hasta que esta, destrozada y patética, sucumbe entre sus dientes. La sátira es mordaz, inteligente, agresiva, descacharrante y, a menudo, surrealista; una crítica incisiva que mezcla humor negro, diálogos soeces, personajes rastreros y un aterrador retrato de la opresión.

Es aquí donde Iannucci encuentra su derrota. La carcajada se pierde en la tiranía, en el castigo cruel y arbitrario, en la mentira delatora y el campo de exterminio. El horror, mostrado con crudeza, hace que cualquier tentativa de convertirlo en comedia caiga en la frivolidad. Es complicado reír con el alma encogida.


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Written by PGP Gurez
Pablo ha publicado algún relato, participado en varios blogs y escrito unos cuantos guiones. En KTarsis se ocupa de analizar los últimos estrenos de la pequeña y gran pantalla.