MAN ON A LEDGE (102 Minutos Aproximadamente, Estados Unidos). También con Jamie Bell, Anthony Mackie, Genesis Rodriguez, Ed Harris, Kyra Sedgwick, Edward Burns, William Sadler, Titus Welliver. Escrita por Pablo Fenjves.

Sinopsis: Nick Cassidy paraliza la ciudad cuando decide salir a la cornisa de un emblemático edificio desde la que amenaza tirarse. Cuando una agente de policía especializada en negociaciones llega al lugar, pronto percibe que algo no encaja. Nick dista mucho de ser el típico suicida y tal y como ella sospechaba, tiene mucho que ocultar. En realidad se trata de un ex-convicto que tras fugarse de la cárcel ha puesto en marcha un intrincado plan para demostrar que es inocente del crimen del que se le acusa.

Crítica: Puede que esto sea una parábola del mundo actual, en el que inocentes desesperados al borde del abismo claman ante quien quiera escucharles que están pagando los crímenes cometidos por otros. La masa se moviliza ante el espectáculo, la prensa no evita la tentación y los poderosos ponen en marcha sus influencias para acallar cualquier reivindicación. La libertad pierde fuerza ante la codicia y solo acudiendo a aquellos en quienes más se confía, llamando a la insumisión y potenciando el ingenio, se puede optar a salir del lío. De no tener o de no querer percibir ese trasfondo social, Al Borde del Abismo cumple como entretenido thriller que gracias a una propuesta cargada de gran simbolismo -y múltiples interpretaciones- logra captar la atención de su público. A partir de su impactante primera escena desarrolla una trama abierta al juego y la sorpresa, que cierra la puerta a cabos sueltos y dobles lecturas para perderse un tanto en demasiadas explicaciones. Todo encaja, quizás demasiado bien, y termina ofreciéndolo todo tal vez demasiado mascado, demasiado fácil para el espectador que busque en un thriller un puzzle que poder armar por su cuenta. Por lo demás hay malos muy malos a los que se ve venir, como Harris, Sedgwick o Welliver, explosivas diosas como la neófita Rodríguez y héroes  de barrio como un correcto Worthington, repletos de irregular carisma pero necesitados de cierta profundidad que, una vez analizado el conjunto, no procede. La cinta no está para metafísicas cerebrales, sino para arreones emocionales. No propone convertirse en alegoría de la rebelión gritando desde lo más alto, sino saltar al vacío y provocar un efímero subidón de adrenalina. Menos es nada.