GHOST RIDER 2: ESPÍRITU DE VENGANZA  (GHOST RIDER: SPIRIT OF VENGEANCE, 95 Minutos Aproximadamente, Estados Unidos). También con Idris Elba, Violante Placido, Johnny Whitworth, Fergus Riordan, Christopher Lambert, Anthony Head. Escrita por Scott M. Gimple, Seth Hoffman, David S. Goyer.

Sinopsis: Aún perseguido por la terrible maldición que padece, Johnny Blaze se ha alejado del mundo que conocía para intentar al menos controlarla. En medio de su calvario personal aparece Moreau, un peculiar monje enfrascado en una peligrosa misión para la que necesita la ayuda del Motorista. Muy a su pesar Johnny unirá fuerzas con el extraño religioso para proteger a un poderoso niño y a su madre de un grupo de asesinos enviados por el enemigo más letal al que el vengador flamígero se haya enfrentado jamás. En la lucha contra este temible adversario Johnny esperará al menos lograr destruir a sus propios demonios.

Crítica: Ya sabemos que Neveldine y Taylor van de malotes. Al binomio creativo se le presenta antes de cada uno de sus lanzamientos como a los chicos malos del cine mainstream norteamericano: polémicos, provocadores y rompedores de moldes. Ellos no ponen pegas, les va el rollo. Es más, llevan ya años blandiendo esa etiqueta que se ganaron, más que nada, con la primera Crank. Desde aquella, que era chocante y lisérgica pero nada más, su cine se ha vuelto rutinario. Confían demasiado en que la capacidad de distracción de sus trucos visuales y su supuesta incorrección política haga olvidar al respetable la fosa de cadáveres cinematográficos en la que se ha convertido su carrera. Ahora la pareja va más allá y lejos de enterrar a sus propias víctimas, exhuma las de otros destripadores del celuloide. Aquel Motorista Fantasma del nefasto Mark Steven Johnson, muerto y olvidado, resucita de manos de los cineastas para volver a ser el protagonista de nuestras más terribles pesadillas, literalmente. El filme, que en teoría nacía para corregir los errores de su predecesora, se convierte en un revival de aquella, tal vez más brusco, adrenalínico y visualmente potente, pero nada más. La historia, sin novedad en el frente, pasa a ser excusa para que los directores se diviertan recreándose en su habitual modus operandi de escorzos imposibles, fotografía extrema y cámaras lentas, ofreciendo como único alivio al respetable el siempre logrado aspecto visual del antihéroe y los llamativos interludios animados que intentan darle mayor consistencia a la narración.  Duele, ante este desolador panorama, ver arrastrarse a talentos como Hinds o Elba ante un Cage que una vez más, y aquí no hay sorpresas, está horrible y que encuentra similar respuesta en, atentos, el mismísimo Christopher Lambert. Villanos que llegan tarde, personajes sin carisma, intérpretes en horas bajas y realizadores que realizan malabarismos con la cámara terminan consiguiendo que la película sea una condena, el público termine quemado y sus creadores tengan otro pecado más que expiar.